El pasado 12 de junio, Francisco celebró la misa del Jubileo de los enfermos y las

personas con discapacidad, ceremonia realizada en la Plaza de San Pedro, a la que concurrieron 20.000 personas con tal condición provenientes de distintas partes del mundo.

participaron de ella activamente personas con discapacidad. Así, el evangelio correspondiente fue representado por discapacitados mentales, una joven ciega hizo una lectura en braille y los textos se interpretaron en lengua de señas, mientras que otros con Síndrome de Down ayudaron durante la misa.
A su vez, el Papa no escatimó conceptos para condenar el lugar que se le da a la enfermedad y a la discapacidad en la sociedad actual.
En ese sentido, dijo: “Se considera que una persona enferma o discapacitada no puede ser feliz, porque es incapaz de realizar el estilo de vida impuesto por la cultura del placer y de la diversión. En es ta época en la que el cuidado del cuerpo se ha convertido en un mito de masas y por tanto en un negocio, lo que es imperfecto debe ser ocultado, porque va en contra de la felicidad y de la tranquilidad de los privilegiados y pone en crisis el modelo imperante”.
También: “Es mejor tener a estas personas separadas, en algún recinto, tal vez dorado, o en las reservas del pietismo y del asistencialismo, para que no obstaculicen el ritmo de un falso bienestar. En algunos casos, incluso, se considera que es mejor deshacerse cuanto antes, porque son una carga económica insostenible en tiempos de crisis”.
Otro de los conceptos que vertió fue: “El mundo no será mejor cuando este compuesto solamente por personas aparentemente perfectas, por no decir maquilladas, sino cuando crezca la solidaridad entre los seres humanos, la aceptación y el respeto mutuo”.
La prédica del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica en favor de las personas con discapacidad es una constante en su discurso y en sus gestos, cuya importancia no solamente radica en la claridad de los conceptos sino en la repercusión que estos tienen, visibilizando lo que no se quiere ver.

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